Nouvelles du Petit Paradis en Colombie

La vie quotidienne dans le sud des Andes colombiennes

 

Lunita también escribe :

La increíble curación de Doña Rosario

Siguiendo nuestro deseo de conocer a los vecinos, se nos presentó otra oportunidad cuando necesitábamos unos postes para hacer una cerca que cerrara nuestro pequeño terreno y nos hiciera a la vez más independientes. Fué así que resolvimos ir donde nuestra vecina Rosario, quien según Rafael el mayordomo, tenía muchos árboles y nos podría vender algunos. Ella resultó ser una viejita de unos 74 años, pequeña, muy delgada, con dos trenzas grises que acaricia sin cesar, se ríe mucho y al hacerlo deja ver dos dientes de oro de su caja de dientes que para ella deben ser su máximo orgullo.

Creo que por su forma de reír o por su manera de hablar, me recuerda a mi madre, a más de tener el mísmo nombre. Por eso se estableció de inmediato entre nosotros una gran "empatía" (como dicen hoy).

Doña Rosario, a diferencia de las otras personas que hemos conocido, después de nuestro primer encuentro y negocio, se acercó mucho a nosotros empezando por el plano físico, ya que es la única persona que nos saluda de beso y abrazo.

Ella vive con su hijo Simón, un hombre joven de unos 29 años, pero que a distancia se vé que no es del todo normal. Es trigueño, bajito, de la mìsma estatura que su madre, pero mucho más corpulento, habla y saluda rehuyendo la mirada. Tiene el pelo completamente lizo de modo que cuando uno lo vé sin gorra le queda la coronilla con los pelos parados pareciéndo ni más ni menos un muñeco de dibujos animados.

Doña Rosario, lo mima y se preocupa por él como si fuera un niño pequeño. Y a fuerza de no dejarlo trabajar se ha vuelto un inútil. Tánto así que cuando su madre lo manda a hacer algún oficio, él dice que le duele la cabeza, y ella le cree. Claro que el tipo no es completamente normal, sobre todo su motricidad no es nada buena. Las manos le tiemblan, se ven torpes y no tienen ninguna firmeza. Pero, todo lo que le falta en el plano motríz, lo tiene de sobra en su capacidad para engañar a su madre y hacerle pilatunas.

Algunos días despues del negocio de los postes, pasé a saludar a doña Rosario y la encontré completamente afligida y triste. Dijo llorando:
- Desaparecio, desaparecio la plata que Ustedes me pagaron, me la robaron. La tenía en la cocina, dentro de un tarro y ya no está allí.
Le pregunté, qué personas sabían de su escondite y me respondió:
- Nadie aparte de mi hijo Simón, pero él niega habersela robado.
Le averigué dónde se encontraba Simón ese día que era sábado y me dijo que se había ido a la cabecera del municipio, pueblo relativamente grande y alejado donde, según la gente, hay pequeñas cantinas con mujeres para hacer gozar a los hombre y dicen las "malas lenguas" que de vez en cuando Simón se rebusca algunos pesos para darse ese lujo. De modo que para mí estaba claro: "Blanco es, la gallina lo pone".

Me dió mucha rabia pensar que la pobre viejita había quedado sin su dinero, y como al parecer no era la primera vez que esto sucedía, creí conveniente fabricarle un taleguito en tela con un cordon que le colgaría del cuello para que pudiera guardar el dinero en medio de sus pequeños y desinflados senos. En consecuencia, la segunda vez que volvimos a comprarle más postes, ella pudo aprovechar muy bien su platica.

En el mes de julio y para aprovechar el verano, hemos resuelto todos los años hacer un viaje a Europa para que Mateo, mi marido, pueda visitar a sus hijos y nietos, ver y recorrer su tierra natal y así no sentirse excluído de su medio.

Por ese motivo, el verano pasado fuimos a despedirnos de todos los vecinos, entre ellos doña Rosario y su hijo. Pero cual no sería nuestra sorpresa cuando la encontramos tendida en la cama, con los ojos caídos, rojos e inflamados y casi sin poder hablar. Estaban cuidándola su otro hijo Jesús y su mujer. Nos dijo:
- Ya la llevamos al médico, y le estamos dando remedios.
Vimos a la viejita tan mal, que supusimos no la volveríamos a ver.

Sin embargo tres meses después, cuando regresamos y preguntamos por ella. Rafael nos dijo que aún vivía pero que estaba bastante delicada. Fuimos a verla. Aún se encontraba en cama, y aunque su estado no era el mejor, ya no tenía fiebre y nos reconoció inmediatamente. Su hijo Jesus nos dijo :
- Nosotros creemos que mi mamá sufrió un derrame cerebral y no volverá a caminar (así de categórico).

Como ya tenemos experiencia que aquí, cualquiera dice cualquier cosa, volví al día siguiente y le pregunté a la viejita si sentía sus piernitas, me dijo :
- Sí, si, pero dicen que nunca volveré a caminar. Y me suplicó:
- ¡Por Dios, consigame una sillita de ruedas!
Le contesté:
- Doña Rosario, usted en ningún caso necesita silla de ruedas, podrá caminar si se lo propone. Yo le ayudaré.
Y comencé a instruírla sobre el Poder de la Mente y la Curación por medio de la Energía; uno de mis últimos descubrimientos, sobre lo que leo cuanto libro cae en mis manos que me parezca creíble y científico.

Por lo tanto, durante más de 15 días, la visité a diario, comenzaba por decirle que su cerebro era el que mandaba a las piernas y que repitiendo muchas veces:
- ¡Yo puedo caminar, yo puedo caminar!
y sobre todo creyéndolo, lograría hacerlo.

Era enternecedor verla repitiendo y luego haciendo esfuerzo por caminar.Yo podía casi ver y tocar su fé en mí y en todo lo que le hacía y le decía. Con su hijo Simón la llevábamos a dar un pequeño paseo, él la tenía de un brazo y yo del otro. Los primeros días, apenas lograba tocar el piso con sus débiles pies. Luego la sentábamos en una silla para que recibiera el sol, y yo comenzaba a ejercitarme en mi reciente descubrimiento, pasándo mis manos sin tocarla, sobre sus flaquísimas piernas a fín de ayudarla con mi energía. Doña Rosario aseguraba que sentía calor en sus extremidades inferiores cuando le hacía este ejercicio.

Yo me iba muy contenta, pues era la primera vez que me atrevía a tratar de ayudar a alguien con mi energía. Al principio me costaba muchísimo trabajo la concentración. Pero luego, poco a poco, lograba concentrarme al ritmo de mi respiración. Me dejaba ir hasta sentir que yo era parte de toda la naturaleza y que respiraba como ella y recibía su energía que luego podía trasmitir a mi paciente. A los cinco días, nuestra vecina podía asentar sus pies en el suelo, pero se moría del susto si no la cogíamos de los brazos. Parecía una bebita asustada, comenzando a caminar.

Como nuestra costumbre es salir a Ciudad Dormida cada ocho días, tenía que hacer algo para que la viejita comenzara a caminar, sin depender tánto de mí. Por eso, decidí que bien podía Simón hacerla caminar llevándola de un brazo, muy despacito, pues yo lo hacía sola cuando su hijo no estaba en casa. Le recomendé a Simón que hiciera caminar a su madre por las tardes, ya que yo solo iba por las mañanas.

Pero cuál no sería mi susto, cuando esa tarde, llegó Simón corriendo, y con palabras entrecortadas dijo:
- ¡Se cayó, se cayó!
Le pregunté cómo había sucedido, y me contó que la llevaba como se le había dicho, muy despacio y cogida de un brazo. Pero que se cayó. Fuí enseguida a ver a mi paciente, y la encontré en la cama diciendo:
- El me dejó caer, este tonto me soltó. Ya no podré caminar jamás.
Fué entonces que Simón confesó:
- Yo no la quería hacer caer, yo la llevaba del brazo, cuando ví que había una piedra por el camino y tuve que soltarla para quitar la piedra y ella solita se cayó, yo no fuí.
Pensando que si dejaba a la viejita con su trauma, en realidad no volvería a caminar jamás, casi la obligué a levantarse y dar un pequeño paseo.

Después de ese incidente y para darle mayor confianza le busqué un palo que le sirviera de bastón, y así caminara cogida de un brazo por su hijo y con su bastón en la otra mano. La ensayé varias veces hasta que se sintió segura. Así pudimos viajar con tranquilidad a Ciudad Dormida, donde por lo general pasamos 1 o 2 días.

A nuestro regreso, lo primero que hice fué visitar a doña Rosario, a quien encontré un poco mejor. Pero se quejaba diciendo:
- ¡Este Simón que no quiere hacerme caminar! El no me ayuda a dar un paseito.
Entonces se me ocurrió buscarle otro bastón, igualmente rudimentario que el primero, pero que le ayudaría a caminar sin depender de nadie.

Le practiqué las últimas sesiones de imposición de manos sobre todo su cuerpo para estabilizar su energía. Y al fín llegó el día maravilloso en que pude verla caminar sola, claro que apoyada en sus dos elegantes bastones y con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Se veía linda la viejita!

Pasaron los días, y doña Rosario estaba cada día mejor, pero un día apareció Simón en la casa a decirme:
- Venga, venga a donde mi mamá, que a Usted le hace caso, ella quiere hilar cabuya, y el médico nos ha dicho que debe permanecer quieta.
Le contesté que debían dejarla que haga ese ejercicio con las manos si ella así lo quería, que eso no le causaría ningún daño. Por último nuestra vecina dejó un bastón, y luego el otro.

Hoy la encuentro bastante bien y cada vez que nos vé nos saluda con un beso y abrazo mucho más fuertes que los que nos imprimía antes. Para nosotros este es el caso más patético de lo que pueden hacer la fé y el pleno convencimiento interior de algo. Ya que sabemos que no fui yo quien la hizo caminar, sino ella mísma. Yo solo fuí la persona que le indicó el camino a seguir y a estabilizar su energía. Porque siendo su confianza y fé en mí mucho más grandes que ella misma, pudimos lograr que volviera a caminar.

Muy pronto seguiré contando mis visitas a Doña Rosario y su hijo Simón el bobito.


Retour au menu - Haut de la page