Nouvelles du Petit Paradis en Colombie
La vie quotidienne dans le sud des Andes colombiennes
Lunita también escribe :Don Samuel y el enfermitoPor fin me decidí a tomar mi computador portátil y escribir, plasmar en el papel o mejor dicho en la pantalla, tantas ideas, tantos pensamientos y sobre todo tantas experiencias sencillas y a la vez increíblemente maravillosas que estamos viviendo en nuestro “Pequeño Paraíso”, al compartir el espacio, el tiempo y la vida misma de las gentes de Santa Rosa, el pueblito cerca al cual vivimos y sus alrededores. Poco a poco nos hemos ido integrando a su vida a sus problemas y nos han abierto las puertas de sus casas y de su corazón. El primer paso para tener un contacto más directo, fue ofrecerles mis servicios como abogada, en forma gratuita por supuesto. Uno de los primeros casos que conocimos y sobre el que aún estoy trabajando, es el de Don Samuel. No solo como caso jurídico, sino como un caso excepcionalmente humano que sería para todos una lección de amor paternal, de saber aceptar y llevar la vida con optimismo y hasta con alegría a pesar de la pobreza o casi miseria y las múltiples dificultades que esta situación conlleva. Conocimos a Don Samuel cuando necesitábamos comprar unas guaduas y Rafael, nuestro mayordomo nos informó que donde Don Samuel (porque aquí todos se llaman Don y Doña, no se sabe porqué), quien vive muy cerca a nuestra casa, podíamos vendérnoslas. Efectivamente compramos nuestro material que el mismo mayordomo nos trajo y como siempre que conocemos a alguien comenzamos a preguntarle sobre la vida de nuestro vecino. Rafael que no necesita sino algo de atención para contar la vida y milagros de sus coterráneos, comenzó a narrarnos la historia de Don Samuel: Es un señor de 64 años que hace dos o tres años enviudó y quedó a su cargo el único hijo que tenían, completamente incapacitado, que en la actualidad tiene 38 años. Con esa carga encima, el pobre señor no puede salir a trabajar, pues debe cuidar de su hijo como si éste fuera un bebé. Para colmo el pobre hombre está en peligro de que lo saquen del terreno y la chozita en que viven. Fué por eso que resolvimos con Mateo, mi marido, hacer una visita a Don Samuel. La entrada nos pareció muy agradable, se veía una casita de ladrillo con un pequeño jardín en la parte delantera y luego se extendía una plantación de café. Pero resultó que esa no era la vivienda de Don Samuel, él vive más atrás en una casa que si bien es de teja, más le valiera ser de paja pero en mejor estado, pues la pobre habitación que además es en bareque o tierra, está casi al caerse, la sostiene una viga que le han colocado como apoyo. La única pieza servible es la que utilizan como dormitorio, cocina y comedor. Afuera hay un pequeño corredor donde se vé una banca de madera en la que sería peligrosísimo sentarse. La cocina, ubicada en una esquina de la pieza, la constituía una pequeña estufa de leña, hecha con ladrillos casi todos quebrados, dejando ver una triste llama que salía de un leño no muy seco que hacía bastante humo. Sobre la pared de esa cocina, Don Samuel había improvisado una repisa en la que tenía preciosamente guardados dos platos, dos tazas y unas cucharas, estos utensilios bastante limpios, en medio de tanta oscuridad. Si uno miraba al cielo raso, daban ganas de salir corriendo, porque infinidad de telas de araña se escurrían de las cañas bravas en que estaba construido, además, donde no había estos horrores, se veían grandes huecos negros como cavernas, por donde seguramente se escapaba el pobre humo prisionero en esa pieza. Dos camas formaban la otra esquina del lugar, hechas en madera tosca, pero que por el uso y el abuso no se sabía de qué material eran. Sobre las camas, unas delgadísimas esteras de tallo de plátano y cada una con una almohada sin forro, de color indefinible, cubiertas por una cobija ecuatoriana. Al otro extremo del salón se podía observar un televisor de regular tamaño en blanco y negro, pero cuya imagen y sonido si apenas lograban salir. Preguntándonos cómo era posible que alguien se dañara los ojos mirando esa pantalla. En medio de todo este decoro y sentado en una silla encima de una de las camas, estaba el hijo de Don Samuel, Mauricio, un hombre de unos 38 años, sin dientes, con las manos y los pies sumamente delgados y casi sin movimiento, sobre todo los miembros inferiores, pues en sus manos se veía un biberón que sostenía con dificultad. Al vernos emitió un sonido cavernoso, un chillido medio alegre y su mirada un poco perdida se fijó en nosotros. Su padre nos presentó al que llama “el enfermito” con muchísimo cariño. Luego nos trajo para que nos sentáramos dos sillas en igual o peor condición que la banca del corredor, sobre las que nos sentamos con muchísimo cuidado temiendo a cada instante rodar por el suelo. Al lado del televisor y haciendo esquina, una cuerda sostenía varias prendas de vestir sumamente usadas pero limpias. También salían algunas prendas de ropa de una canasta medio destruida. Completaba la decoración una mesa, que algún día serviría para algo, pero que ahora, con una pata rota, permanecía coja, como mudo e igualmente inútil testigo de tanta decadencia. Don Samuel comenzó a hablarnos y a contarnos su historia que ya conocíamos un poco. Pero al hablar lo hacía con una naturalidad y algo que no podría decirse resignación sino más bien aceptación de toda su vida su situación, sin desear o pedir nada, ni para él ni para su hijo. Lo único que quería era ver legalizada su posición con respecto al predio y la chozita en que vivían. Por lo demás se veía tranquilo y se puede decir que hasta contento con su vida. Cuidando de su hijo, alimentándose de lo que produce el pequeño terreno; plátanos, yuca, café y haciendo lo imposible por conseguir algunos centavos para el azúcar, arroz y pan. El, consigue algún dinero hilando la cabuya, por lo que les pagan una miseria, pero que al no poder trabajar en otra cosa fuera de su casa, lo hace al parecer con gusto. Nos despedimos de Don Samuel y su hijo, promediéndoles volver pronto y estudiar su caso. Cuando nos alejábamos y volteamos a mirar la semi destruída casa, Mateo dijo que sentía haber visitado un rincón de la Edad Media, y en realidad se podría decir que así era. Esta fue nuestra primera visita a Don Samuel, pero no la última. Y si en ese momento salimos verdaderamente impresionados, luego en las siguientes visitas tendríamos muchos más motivos para seguir pensando que nuestro vecino era un ser muy especial. Alguien fuera de lo común. Abril 1.999 |