Nouvelles du Petit Paradis en Colombie
La vie quotidienne dans le sud des Andes colombiennes
Lunita también escribe:¿Violador?Este es uno de los casos que más me ha llamado la atención, sobre todo por ser los protagonistas dos menores, de15 y l6 años, metidos en problemas que uno cree solo atañen a los adultos. Cierto día vino a nuestra casa un campesino de unos 55 años, trigueño, bajito y del tipo aindiado que caracteriza a casi todos los habitantes de aquí. Se presentó como don Misael, no recuerdo su apellido. Al contrario de la timidez de otros, en éste se notaba inmediatamente que estaba acostumbrado a tratar con gente de la ciudad, como dicen aquí.
Don Misael, comenzó así:
Le pregunté quien era el vecino que ella inculpaba y me contestó: Le hice ver que si no estaban seguros, era mejor esperar a que se aclarara el asunto o que la muchacha dijera lo que en realidad pasó. Pues de otra manera no se podía actuar a la ligera.
Don Misael me rogó:
Así fue. Al poco rato apareció toda la familia; don Misael, su mujer, que estoy segura es quien aterroriza a la muchacha, ya que es de esas señoras que hablan y hablan y creen que siempre tienen la razón. Tomó la palabra para decir: Les dije que tomara asiento. El padre puso a Leydi a mi lado y me instó a que hablara con ella. A mí me pareció de lo más imbécil hablar con la muchacha delante de toda la familia, pero el padre y la madre le insistieron para que me contara lo sucedido. Miré a la muchacha; pequeñita, no más de 1.30 de estatura, casi redonda por lo de su embarazo, además de que tenía la cara también redonda, bastante trigueña, de pelo negro, ojos oscuros que casi no dejaba ver, pues nunca sostenía la mirada, lo que me dio muy mala espina. Ella repitió lo que su padre me había contado. Pero en monosílabos. Tenía que lanzarle preguntas para que continuara, pues decía una frase y se quedaba muda y agachaba la cabeza. Igualmente que a su padre a ella le hice ver que era muy grave hacer una denuncia sin estar segura. Pero ella insistió que todo era verdad. Una vez advertidos, no me quedó más remedio que explicarles los pasos a seguir para instaurar una denuncia penal.
Al día siguiente, y como tocado por una tecla, vino nuestro mayordomo Rafael con un muchacho de regular estatura, bastante flaco, casi un niño. Me lo presentó como el ya famoso Alán. Yo no podía creer que ese muchachito esmirriado, con cara de niño ingenuo con cachucha de deportista, que no representaba más de 14 años fuera el "Violador". Le dije que tomara asiento y le conté que el día anterior había venido el padre de Leydi con su familia y que pensaban denunciarlo. Luego le pedí que me contara lo que había sucedido realmente con la muchacha, él dijo:
Le pregunté si le gustaba la muchacha y si en alguna ocasión él tuvo relaciones con ella. Me contestó: Efectivamente no podía imaginarme a este pobre niño adolescente, violando y sobre todo intimidando con matar al hermano de la muchacha que había visto el día anterior. No se podía comparar a éste pobre, ni con la muchacha ni mucho menos con su hermano. Los dos se veían mucho más robustos y sólidos que este adolescente que confesó tener 16 años, pero que no tenía papeles. Mi recomendación fue entonces, que sacara cuanto antes su registro civil y solicitara la Tarjeta de Identidad que lo acreditara como menor de edad. Pasaron los días, con soles esplendorosos por las mañanas y lluvias fuertes por las tardes. Realmente un tiempo tropical. Un día le pregunté a Rafael, qué pasó con Alán. Y me dijo que hacía dos días unos policías lo habían venido a llevar y que no había regresado. Que fué el papá de Leydi quien los trajo. Al poco tiempo vino una señora de unos 48 años que me dio la impresión de ser distinta a las campesinas de aquí, más blanca, menos gorda, más alta. Se presentó como la mamá de Alán. Efectivamente era bastante joven. Venía con la mujer de Alán y la cuñada. Me contó que a su hijo lo tenían detenido en la cárcel de menores por cuenta del Juzgado de Menores de Ciudad Dormida. Me suplicó si yo podía hacer algo por él. Le prometí averiguar la situación del muchacho, sin embargo, le dije que era muy importante que fuera a declarar la mujer de Alán, pues ella también estaba convencida de su inocencia. Ella y su hermana Blanca me contaron cómo Leydi que era compañera de estudios de Blanca, a veces iba a la casa de ellos y le coqueteaba descaradamente a Alán. Todos estaban convencidos que el muchacho era inocente de violación. A estas alturas yo también lo estaba. Una prueba mas de que Leydi mentía fue la que encontré en el asiento que ella ocupara el día que vino, el brazo del pequeño sillón lo había dañado haciéndole rayas seguramente que con una pinza del cabello, en sus momentos de nerviosismo. Cuando salimos a Ciudad Dormida llamé a la Secretaria del Juzgado de Menores, que afortunadamente yo conocía. Le pregunté del caso y nuevamente me sorprendí cuando me contó que Alán había huido. Me dijo que eso era bastante grave para él y que sería mejor que volviera, pues huir representaba un indicio en su contra.
Lo primero que hice cuando volvimos a nuestro Pequeño Paraíso, fue preguntarle a Rafael por el muchacho Alán, a lo que me respondió: Le pedí que lo llamara enseguida, a él o a su mamá, que era urgente. Por la tarde el mísmo Rafael trajo a Alán con su cuñada Blanca. Rafael a quien yo no había comentado nada, se quedó medio escondido al lado de un árbol para oír de qué se trataba el asunto urgente que yo quería tratar.
Le pregunté a Alán por qué había huido. A lo que respondió: Le hice ver que lo que había hecho era muy grave, que por un lado era otro delito y por otro era un indicio en su contra y que seguramente lo volverían a coger. El dijo que no había pensado en eso. Le pregunté si estaba dispuesto a volver. Me dijo que sí, pero que tenía miedo. Entonces le dije a la cuñada que yo le dictaría un oficio para que Alán firmara, pues yo sabía que Blanca estando en el Colegio tenía letra legible. Fue así que se hizo un Oficio diciéndole al Juez la verdad pero bastante acomodada, ya que se le dijo que Alán se había venido a ver a su hijo porque tuvo noticias que el pequeño estaba muy enfermo y al saberlo se había ofuscado y no pensó sino en venir a verlo. Se le pedía enseguida que no tuviera en cuenta este error y que le diera la Libertad. Me parecía demasiada desfachatez pedir esto, pero pensé que nada se perdía con intentarlo, sobre todo si era el mismo Alán quien firmaba. Le recomendé se presentara enseguida, llevando el oficio.
Rafael me comentó por la noche, que al día siguiente viajaban a Ciudad Dormida Alán y que lo acompañarían su suegro y su mujer. No supe mas del asunto hasta ayer, que le pregunté a Rafael, quien me dijo: Yo me quedé pensando que esta vez estaba completamente de acuerdo con el Juez, y él conmigo, porque el pobre Alán verdaderamente no era ningún violador. Y la muchacha Leydi mentía por miedo a sus padres, sobre todo creo yo a la cantaleta de su abusiva madre. Hace un mes que regresamos de nuestras vacaciones anuales, un viaje muy lindo y agradable, pero que, pasados dos meses, comienzo a añorar nuestro Pequeño Paraíso, el lugar más pequeñito del mundo si se quiere, pero que al fín y al cabo es nuestro, de los dos. Además, me hace falta el contacto que llevamos aquí con la gente. A nuestro regreso nos dimos cuenta que nosotros también les habíamos hecho falta. Muchísima genta nos había buscado y encontré cantidad de consultas jurídicas represadas.
Apenas llegamos, Rafael nos saluda y nos dá cuenta de la vida y milagros de todos los vecinos y conocidos nuestros. Se vé que él goza haciendo estos relatos. Al llegar al caso de Alán, nos comentó: En ese momento pensé que ese Alan todo flaco y esmirriado, tenía verdaderamente un "pipí loco", pero poniéndome a reflexionar, llegué a la conclusión, que este bebé es fruto de los ires y venires de ese muchacho a la cárcel, que seguramente le alborotó la líbido. Y vuelve y juega el problema que hay desde siempre en Santa Rosa: cuando los jovenes hacen el amor, no se acuerdan de nada y no toman ninguna precaución. Resultado, a los nueve meses: seguro, un nuevo bebé. Noviembre de 1.999 |